Nacho Rodrigo
Al borde del abismo. Así se encontraba el Levante UD tras completar una primera vuelta desastrosa, hundido en una decimonovena posición que lo condenaba al descenso. Esa agónica encrucijada se convirtió en un calvario crónico: desde la jornada 12 hasta la 37, el equipo habitó sin tregua en los dos últimos puestos de la tabla clasificatoria.
El mismo bloque que se había coronado campeón de Segunda División la campaña anterior se vio, durante varias jornadas, en la última plaza y tocando fondo. No obstante, cuando la fe flaqueaba, ocurrió un milagro con nombre propio: Luis Castro. El técnico portugués llegó al Ciutat de València el 20 de diciembre y, como el mejor regalo de Navidad posible, se propuso una misión casi utópica: devolverle la ilusión a una afición granota golpeada.
Desde aquellas Navidades, algo cambió en las entrañas de la entidad valenciana. Vestuario y grada se unieron bajo un único e innegociable objetivo: conseguir la permanencia. Con esa premisa pelearon cada balón durante este indomable 2026; sin embargo, a pesar de la notable mejoría, la racha necesaria para salir de la zona roja se resistía a llegar. Y es que, pese al esfuerzo titánico por sumar y sobrevivir, una permanencia históricamente cara obligaba al club a seguir encadenado al pozo.
La brecha llegó a ser de hasta cinco puntos en la jornada 30, una distancia que hacía que la salvación se viera casi como una quimera. Pero justo cuando el agua llegaba al cuello y el aliento faltaba, emergió la magia de Orriols. En las últimas ocho jornadas, el conjunto valenciano firmó un apretón histórico al sumar 16 puntos de 24 posibles, convirtiéndose en el tercer mejor equipo del campeonato en el tramo decisivo. El fortín inexpugnable del Ciutat con cuatro victorias consecutivas, el zarpazo vital en Vigo y el agónico empate en Cornellà le dieron al Levante el oxígeno necesario para salir de los puestos de la quema en la jornada 37, rompiendo así con meses de sufrimiento ininterrumpido.
Sin embargo, este milagro del que todos hablan no tuvo nada de azar o misticismo. Esta salvación se ha esculpido a base de coraje, gracias a un grupo que jamás bajó los brazos y que, bajo las órdenes de un estratega como Luis Castro, supo aguantar en la lona esperando su oportunidad para resurgir. Una gesta colectiva con héroes individuales indiscutibles, donde brilla con luz propia la figura de un jovencísimo Carlos Espí. A sus 20 años, y con once dianas que valen una vida, el canterano se ha erigido como el gran artífice de este milagro que, en realidad, fue puro corazón, orgullo y rebeldía granota.